Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
Hay fotografías que no capturan un momento.
Capturan un cambio de era.
Davos es eso: una postal anual donde el poder finge calma, mientras el mundo se descompone por dentro.
Trajes impecables. Sonrisas medidas. Paneles sobre “cooperación”.
Y detrás, el verdadero idioma del siglo XXI: presión, miedo, sanción, espionaje, control.
Este año, el Foro no se siente como un encuentro económico.
Se siente como una antesala.
Como el pasillo silencioso antes de que se abra la puerta…
y empiece el golpe.
Porque el planeta no está discutiendo crecimiento.
Está discutiendo supervivencia.
Y en el centro del escenario —otra vez— aparece él: Donald Trump.
No como invitado.
Como fenómeno.
Como amenaza.
Como espectáculo.
Trump ya no es un político.
Es una fuerza geopolítica.
Un meteorito que no pregunta si estás listo: simplemente cae.
DAVOS: EL MUNDO QUE SE QUIERE SALVAR… SIN CAMBIAR NADA.
Davos es el club donde las élites se reúnen para hablar de estabilidad… mientras el mundo se incendia por todos los costados.
Europa teme el invierno energético y el colapso social.
Oriente Medio vive con la mecha encendida.
Asia juega con la paciencia nuclear.
África es la herida olvidada.
Y América Latina es el tablero donde se ensayan guerras “de baja intensidad” con sangre real.
La economía global ya no es economía.
Es guerra administrada con números.
Inflación como arma.
Tecnología como frontera.
Migración como chantaje.
Dólar como látigo.
Y seguridad como excusa para todo.
Por eso Davos no es un foro: es una reunión de emergencia con con quien sabe que tiene el mazo más grande.
TRUMP: LA ESTRELLA QUE NO VIENE A NEGOCIAR… VIENE A IMPONER.
Trump domina el escenario porque el mundo está cansado de diplomacia lenta.
Y porque el miedo es el mejor combustible político.
Trump no ofrece acuerdos.
Ofrece ultimátums.
No habla de reglas.
Habla de fuerza.
No cree en el multilateralismo.
Cree en el castigo.
Y eso cambia todo.
Porque si el siglo XX fue el siglo de las instituciones, el siglo XXI —con Trump como símbolo— amenaza con ser el siglo de la aniquilación del orden global.
No su reforma.
No su actualización.
Su demolición.
La ONU como adorno.
Los tratados como papel mojado.
La soberanía como excusa hasta que estorba.
Y la “cooperación” como palabra bonita para esconder una realidad brutal:
El mundo vuelve a funcionar por miedo.
“AIRES DE GUERRA”: CUANDO LA POLÍTICA INTERNACIONAL HUELE A PÓLVORA
Lo que se respira hoy no es tensión económica.
Es tensión militar.
No es competencia comercial.
Es disputa territorial, tecnológica y estratégica.
Y lo peor: nadie está buscando evitar el choque.
Solo están buscando que el choque ocurra…
en territorio ajeno.
Eso significa una cosa: las potencias están redibujando el mapa del mundo sin preguntar.
Y cuando eso pasa, los países medianos —como México— no eligen el juego.
Solo eligen si serán pieza… o sacrificio.
MÉXICO: ENTRE LA SUMISIÓN DIPLOMÁTICA Y LA INTERVENCIÓN SILENCIOSA.
México aparece en este tablero como el país que Estados Unidos no puede perder…
pero tampoco puede tolerar descontrolado.
Y ahí está la señal más clara, más escalofriante, más reveladora:
El gobierno de México ha entregado 92 objetivos prioritarios al gobierno de Estados Unidos.
Noventa y dos.
No es cooperación.
No es coordinación.
Es un mensaje.
Un mensaje que se traduce así:
“Estamos cediendo control para evitar una crisis mayor.”
Porque muchos de esos objetivos, al pisar suelo estadounidense, no enfrentarán un proceso “normal”.
Enfrentarán el sistema más implacable del mundo:
cargos federales, crimen organizado, narcotráfico, conspiración…
Y sí: cadena perpetua, para la mayoría.
Es decir: extracción quirúrgica del enemigo.
Pero la pregunta no es esa.
La pregunta real es otra: ¿Esto es una estrategia soberana… o el inicio de una tutela?
OPERACIONES SIN PERMISO: LA NUEVA GUERRA NO SE ANUNCIA, SE EJECUTA.
Lo más grave no es lo que se reconoce.
Es lo que se hace sin decirlo.
Porque mientras el discurso oficial habla de respeto, colaboración y “entendimiento bilateral”,
la realidad tiene otro ritmo.
Un ritmo clandestino.
Un ritmo operativo.
Y el dato que sacude cualquier narrativa de control es este:
Estados Unidos ya está realizando operaciones en territorio mexicano sin el conocimiento del gobierno mexicano.
No como teoría.
Como práctica.
No como posibilidad.
Como precedente.
Eso significa que la frontera ya no es una línea.
Es un teatro de operaciones.
Significa que México ya no es solo socio comercial.
Es zona de interés prioritario.
Y cuando un país se convierte en zona de interés prioritario, la soberanía empieza a verse así:
Como una bandera… que ondea… mientras otros deciden.
LA NUEVA GEOPOLÍTICA: O CAMBIAS LAS REGLAS… O LAS DESTRUYES.
Lo que Trump representa en Davos no es un hombre.
Es una doctrina:
Si las reglas me estorban, las rompo.
Si el derecho internacional me limita, lo ignoro.
Si el aliado duda, lo castigo.
Si el enemigo respira, lo aplasto.
Y esa mentalidad es contagiosa.
Porque cuando el más fuerte deja de respetar las reglas, los demás entienden el mensaje:
No hay árbitro.
Solo hay fuerza.
Ese es el aire de guerra.
No necesariamente guerra con tanques mañana.
Pero sí guerra con:
• drones,
• inteligencia,
• operaciones encubiertas,
• sanciones,
• control financiero,
• captura de objetivos,
• golpes quirúrgicos,
• y presión total.
CUANDO DAVOS SE PARECE MÁS A UNA SALA DE GUERRA QUE A UN FORO ECONÓMICO.
La foto de Davos debería ser una imagen de futuro.
Pero hoy parece una imagen de despedida.
Despedida de la era donde el mundo fingía que la civilización era un acuerdo.
Porque hoy la civilización se está convirtiendo en un pulso.
Y Trump —estrella del espectáculo— no actúa para entretener.
Actúa para dominar.
México, mientras tanto, está en medio del huracán: entregando objetivos, conteniendo crisis, evitando la intervención abierta…
pero viendo cómo la intervención silenciosa ya camina.
Y la historia nos enseña algo brutal:
Cuando el poder global cambia de reglas, los países que no entienden el momento…
no sobreviven al nuevo tablero.
Porque en tiempos normales, la política es negociación.
Pero cuando llegan los aires de guerra, la política se vuelve otra cosa: selección natural.
Y el mundo —hoy—
ya está eligiendo.
