AL VUELO
Por Pegaso
Hoy fue un día pesado en la oficina. Voy camino a casa en mi camioneta sin apurar el paso.
La tarde cae, y en un recodo de aquella avenida secundaria, veo un vehículo de color oscuro del que bajan dos sujetos armados, con ropa táctica de color negro y me piden que me detenga.
Como me han dicho que debo obedecer las órdenes que me den bajo esas circunstancias, estacioné el vehículo, mientras otros autos circulaban a velocidad normal, con conductores que miraban de reojo.
Uno de ellos da golpes con el nudillo en el vidrio y pide que abra la puerta.
Y como me lo han dicho, obedezco sin chistar. Entran los dos individuos, jóvenes aún, de complexión atlética, cubiertos con pasamontañas del mismo color de la ropa.
-¡Avanza hacia allá!-me indican, y como debo obedecer, dirijo la camioneta hacia donde me apuntan.
Sin embargo, a lo lejos se percibe una patrulla de la Policía Estatal y uno de ellos me indica que voltee para tomar una ruta alterna. Sin embargo, este movimiento alerta a los policías y vienen hacia nosotros.
-¡Por ahí!¡Por ahí!-me dicen, apresurados, y yo, siguiendo la orden, tuerzo el volante repentinamente para cambiar de vialidad.
El que viene en le asiento trasero pide refuerzos. Se escucha la respuesta afirmativa y nos piden que continuemos unos cuantos metros. Traemos a los estatales pegados como lapas.
-¡Ábranse para que podamos pasar entre ustedes!-dice, y luego me señala el lugar donde ya nos esperan sus compañeros, listos para el topón.
Pasamos raudos entre los vehículos y aplico el freno, chirriando las llantas, mientras aquellos tipos se apean de un ágil salto: “¡Pélate, pélate!”-me dicen, mientras se unen a sus compañeros para repeler el ataque de los estatales.
Piso el acelerador y allá atrás se oye el retableteo de las metralletas.
Para mi mala suerte, me sale al paso otra patrulla, esta vez, de la Guardia Nacional, que acudía a dar apoyo a sus compañeros.
-¡Alto ahí!
Freno. Bajo los vidrios y uno de los tripulantes de la patrulla me ordena bajar. Y como ya dije, debo obedecer las órdenes que me den hombres armados, así lo hice.
-¿Quién eres? ¿De qué venías huyendo?-me preguntan.
Procedo a explicarlo todo, desde que salí de la oficina hasta que fui interceptado por aquellos individuos y la forma en que pude escabullirme, mientras ellos se trenzaban en un intercambio de balazos con los de la ley.
-¿Y por qué ibas tan rápido?-me vuelven a cuestionar.
-Bueno, señor. Es que me han dicho que siempre que alguien armado me dé una orden, debo obedecerla para que no me disparen. Lo último que me dijeron fue: “¡Pélate!”, y aquí voy, buscando a un peluquero para poder pelarme.
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