CLAUDIA EL PODER SIN ASPAVIENTOS

Opinión

Por Luis Enrique Arreola Vidal

En México, el poder rara vez se anuncia.
Se instala.

Y mientras muchos siguen discutiendo consignas, adjetivos y memes de cantina política, Claudia Sheinbaum Pardo ya tomó el control del tablero.

Sin aspavientos.
Sin golpes de pecho.
Sin discursos incendiarios innecesarios.

La subestimaron.
La caricaturizaron.
La insultaron con una violencia que dice más de quien la profiere que de quien gobierna.

“Presirvienta”, le dijeron.
“Tibia”, la llamaron.
“Figura de transición”, apostaron.

Error de cálculo. Error histórico.

Claudia gobierna como gobiernan los estrategas: evitando el choque frontal, dejando que los adversarios se exhiban solos, permitiendo que el ruido se consuma a sí mismo. Mientras otros disparan ocurrencias, ella esquiva dos mil balazos diarios y sigue caminando. Y no solo caminando: avanzando.

En el discurso, cumple.
Tiene que hacerlo.
Es la liturgia del movimiento, el idioma obligatorio del poder heredado.

Pero en los hechos —ahí donde se define la historia y no el aplausómetro— Claudia es pragmática, técnica, disciplinada. Más cercana a la racionalidad económica que al dogma. Más preocupada por la estabilidad que por la épica hueca. Más neoliberal en la práctica que muchos que se disfrazaron de modernos mientras destruían instituciones.

Ha entendido algo que en México cuesta décadas aprender:
el poder real no grita, opera.

Ha domesticado leones sin humillarlos.
Ha contenido jaguares sin provocar guerras internas.
Ha puesto límites sin romper el equilibrio.
Y ha enviado señales claras —a los mercados, a los inversionistas, a Washington y a los gobernadores— de que aquí hay conducción, no ocurrencia.

Eso desconcierta a los extremos.
Molesta a los radicales.
Y enfurece a quienes viven del caos.

Pero gobierna.

Y gobierna bien.

México hoy no está bajo el mando de una figura decorativa ni de una improvisada con buena dicción. Está bajo la conducción de una mujer que lee el poder como un sistema, no como un espectáculo.

Quien no lo vea ahora, lo entenderá después.
Cuando ya no haya margen para corregir la lectura.

Porque Claudia no necesita imponerse a golpes.
Le basta con dejar claro quién manda.

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