AL VUELO
Por Pegaso
En estos tiempos de redes sociales, de lo instantáneo, de la imagen, de la búsqueda infatigable de lo bello, lo raro, lo estrambótico y morboso, no deja de ser una verdad de a kilo que aquellas personas que cuentan con ciertas cualidades poseen un verdadero tesoro.
En los últimos días y semanas he visto en Instagram y Facebook, principalmente, cómo hermosas mujeres de apariencia juvenil y rasgos delicados pretenden conseguir hombres proveedores que, además de guapos e inteligentes, sean ricos, exitosos y todos unos machos alfa, pero a la vez, exquisitamente dulces y fieles hasta morir.
En primer lugar, ya no habemos muchos de esos. En segundo: ¿Y qué es lo que ofrecen ellas? ¿Nada más su cuerpo y su compañía? Suena a prostitución medio disfrazada.
Para ser completamente honestos, tanto el hombre como la mujer deben tener algo valioso que dar para que el trato sea equitativo.
Si la mujer, por muy guapa que sea, quiere todo un estuche de monerías como pareja, pero ya tiene tres o cuatro bendiciones de diferentes padres, es muy probable que la manden a freír espárragos.
Pero bueno. No todo está perdido. Dejando a un lado su interés por buscar ese tipo de proveedor, puedo decir que la mujer hermosa tiene algo que vale oro en las redes sociales.
Muchas lo aprovechan al cien y se convierten en exitosas influencers. Algunas enseñan de más y les va aún mejor.
Hay quienes se tunean para adquirir rasgos más finos, como una nariz que termina en pico, casi sin fosas nasales, el mentón delgado, los labios de ventosa, los pómulos salientes, breve la cintura, nalgas enormes y ebúrneos pechos.
Alguien decía por ahí: “Seno que la mano no cubre, no es seno, es ubre”, y tiene razón.
En el submundo de la delincuencia organizada, donde cada malandro puede comprarse las mujeres que quiera, lo más común es que las moldee a su gusto. Ya sabemos que los delincuentes tienen un arraigado Complejo de Edipo, es decir, amor por su madre, así que lo que quieren tener es una mujer con senos enormes, como cuando eran pequeños y los de sus mamacitas les parecían sandías, en comparación con su propia pequeñez.
Pero también les gustan nalgonas. Mientras más nalga, mejor, y podemos ver cada vez con más frecuencia mujeres caminando a duras penas, contoneándose con unas enormes protuberancias en la parte posterior, muy orgullosas de sus “encantos”.
Pero volviendo al tema de las redes. Muchas ya encontraron ese tesoro que es su belleza para explotarlo alimentando el morbo de los usuarios, que en su gran mayoría son varones.
Como dice Shakira, ahora las mujeres ya no lloran, facturan. Y es cierto. Una fémina agraciada puede ganar cientos de miles de pesos por hacer cualquier tontería en las redes sociales, sobre todo cuando es inteligente y ambiciosa.
Si cuenta con 500 mil, un millón, 10 millones de seguidores, ya la hizo, porque las plataformas de Facebook, Instagram y You Tube les pagan cantidades enormes de dinero.
Ahí está el secreto para las que aún no explotan su belleza. Es un tesoro, créanme.
Hace poco subí una foto de una mujer muy bella que es dirigente de un partido político en Tamaulipas, sugiriendo que la explotación de la hermosura es una nueva forma de hacer política, cosa que no les pareció a algunos de sus admiradores.
Y sin embargo, ahí están los hechos. No pasa un día sin que las redes sociales y las plataformas digitales no saquen una instantánea de alguna linda aficionada a un deporte que fue captada por la cámara de un celular, mostrando su ebúrnea silueta y agraciado rostro acompañada de una frase como esta: “¿Quién es la bella aficionada del equipo fulano?”
Y son las mismas redes sociales y sus usuarios quienes indagan y la llegan a ubicar en sus perfiles. Muchas se han llegado a hacer virales y es el inicio de una “carrera” que las lleva, precisamente, a obtener jugosos dividendos, todo a causa de su belleza.
No digo más porque luego me acusan de misógino. Nos quedamos con el refrán estilo Pegaso que a la letra dice: “Posee mayor tracción el tejido capilar de una fémina que un ayuntamiento de cuadrúpedos bovinos”. (Jala más el pelo de una mujer que una yunta de bueyes).
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