Opinión Económica y Financiera.
Dr. Jorge A. Lera Mejía.
Especialista en políticas públicas.
Mientras la economía mexicana vivió el sexenio de menor crecimiento desde los años ochenta, los 24 mexicanos más ricos vieron crecer sus fortunas en magnitudes que se miden ya en puntos del PIB, condensando en la cúspide lo que no llegó a la mesa de la mayoría.
En la última edición del listado de multimillonarios de Forbes, México rompe un récord poco celebrable: nunca antes habían aparecido tantos mexicanos en esa exclusiva clasificación ni habían concentrado tanta riqueza.
Hoy son 24 empresarios los que encabezan la cúpula económica del país, con una fortuna conjunta que ronda los 267 mil 300 millones de dólares, tras un salto de más de 60% en solo un año.
Si se mira el periodo que va del sexenio de López Obrador al primer año de Sheinbaum, el aumento acumulado de la riqueza de este grupo ronda los 256 mil millones de dólares: un monto que equivale aproximadamente al 13 o 14% del PIB anual mexicano, considerando que en 2024 la economía del país produjo en torno a 1.85 billones de dólares.
La aritmética política resulta incómoda: mientras el discurso oficial presumía el fin del “periodo neoliberal”, en la práctica emergió una nueva edad de oro para el capital más concentrado.
Carlos Slim, en particular, consolidó su posición como el hombre más rico de México con una fortuna estimada en alrededor de 125 mil millones de dólares en 2026; sólo en los años recientes su patrimonio dio un salto de decenas de miles de millones, al grado de explicar por sí solo cerca de la mitad de la ganancia agregada del club de los 24.
Traducido a cuentas nacionales, el incremento patrimonial de un solo individuo en este ciclo de la 4T representa varios puntos porcentuales del PIB: lo que en la economía real supone el valor anual de ramas completas como la electricidad, la minería o buena parte de la construcción.
El contraste con el desempeño de la economía en su conjunto no podría ser más claro. De acuerdo con distintos recuentos, entre 2018 y 2024 el PIB de México creció menos de 5% acumulado, lo que implica una tasa promedio anual en el entorno de 0.8–1%, el menor crecimiento sexenal desde la administración de Miguel de la Madrid.
Incluso si se matiza por el golpe de la pandemia, el dato es contundente: seis años después, el PIB per cápita apenas vuelve a niveles similares a los de 2018–2019, muy lejos de cualquier narrativa de “milagro” o transformación estructural.
La cifra de 2024 es elocuente: se estima un crecimiento en torno a 1.6%, claramente insuficiente para elevar de manera sostenida el nivel de vida promedio de la población.
En el terreno del empleo formal las autoridades presumen récord tras récord: al cierre de 2024, el IMSS reporta alrededor de 22.6 millones de puestos de trabajo asegurados, la cifra más alta desde que se tiene registro.
Es cierto que se trata de un logro importante en términos absolutos, pero también lo es que la tasa de crecimiento anual del empleo formal se mueve alrededor de 2–3%, acompasada con una economía que apenas avanza y, sobre todo, con un mercado laboral que sigue expulsando trabajadores al sector informal o a la migración.
El salario promedio de los asegurados ha tenido aumentos nominales relevantes, apoyados en los incrementos al salario mínimo, pero chocan contra una inflación persistente y contra la precariedad de millones de empleos que no llegan a cubrir la canasta alimentaria; la pobreza laboral se resiste a ceder.
Así, mientras la cima de la pirámide vive un verdadero boom patrimonial que se mide en centenares de miles de millones de dólares, la base observa un país que prácticamente no crece, que apenas crea los empleos formales necesarios para no ir hacia atrás y en el que el ingreso per cápita se mantiene casi estático.
La fotografía del sexenio y del arranque del nuevo gobierno no es la de una economía que reparte mejor, sino la de una concentración extrema: 24 fortunas que aumentan en una década lo que el resto del país no logra mover en su ingreso medio, y un Estado que, pese al discurso igualitarista, no ha logrado o no ha querido convertir el dinamismo de esas grandes riquezas en un motor efectivo de crecimiento, empleo y bienestar para la mayoría.
