Por Oscar Díaz Salazar
Me acordé de la expresión “ese perrito ya me mordió”, al leer las reseñas del rechazo de la iniciativa de reforma a la Ley Electoral para modificar, -que no eliminar- la forma como se elige a los diputados plurinominales, el financiamiento a los partidos políticos, y dos o tres puntos más que han estado en el debate en los últimos años.
En el sexenio anterior, López Obrador y sus huestes también fracasaron en ese mismo propósito de reformar la ley electoral, “eliminar” los plurinominales, recortar el financiamiento público a partidos, achicar a las cámaras y los ayuntamientos, etc.
El asunto es que las fuerzas políticas, tanto las mayoritarias como las minoritarias, cuya condición es, o por lo menos debe ser, pasajera en las democracias, no tienen voluntad de cambiar las cosas.
Los que hoy son mayoría, morena y aliados, vienen de una larga y ardua temporada de ser minoría, una época en la que los espacios plurinominales fueron la plataforma para promocionar el movimiento, y el financiamiento público, la herramienta para mantener la presencia en la calle y la plaza pública.
Los que hoy son minoría, acostumbrados a hacer política con el dinero público y con las ventajas de ser y estar en el gobierno, reclaman para ellos y su condición actual, el mismo trato que ellos dieron a sus contrincantes.
En esta reedición del intento fallido de reformar la ley electoral, el gran perdedor es la sociedad mexicana, y no la presidenta o morena, como algunos proponen. La presidenta cumple con la oferta de hacer cambios en la ley electoral y en el sistema político; y digo que cumple porque sus alcances llegan hasta el planteamiento del tema y la presentación de una iniciativa, que corresponde a otros resolver, y esos otros son el poder legislativo, que ayer le dijo no a esa reforma.
La oposición asume el costo político de rechazar la iniciativa, pero los líderes de la oposición, o la “mafia del poder” en la versión de los morenos, conserva un reducto de poder que les garantiza el acceso a un escaño o una curul, sin someterse a la voluntad popular de manera directa.
El debate sobre este asunto se ha centralizado en algunos personajes que a partir de conocerse el sentido de su voto, se les ha acusado de traidores. Me refiero de manera especial a los legisladores tamaulipecos que llegaron a San Lázaro postulados por la coalición morena, Verde y PT, y que a conveniencia se asumen verdes, o morenos o del Partido del Trabajo. Los tiempos de definiciones son propicios para entender de qué lado están las lealtades e intereses de los que han pasado el tiempo a media agua, robaleando como luego dicen.
