ROMAN BOCK
Desde hace algunos años las remesas enviadas por nuestros paisanos en Estados Unidos a México se convirtieron en uno de los pilares silenciosos de la economía mexicana. Año con año crecían, rompiendo récords y sosteniendo a millones de familias en comunidades donde muchas veces el empleo local no alcanza. Sin embargo, hoy estamos frente a una señal de alerta que no podemos ignorar.
Después de once años de crecimiento consecutivo, en 2025 las remesas hacia México registraron una importante caída anual pues el país recibió alrededor de 61 mil 791 millones de dólares, una disminución de 4.6 por ciento respecto al 2024.
Detrás de estas cifras hay historias de sacrificio, familias separadas y comunidades enteras que dependen de ese dinero para sobrevivir.
Como activista migrante lo digo con claridad: las remesas no son un regalo, son el resultado del trabajo duro de millones de mexicanas y mexicanos que salieron del país buscando oportunidades. Son el fruto de jornadas largas en la construcción, en el campo, en restaurantes o en fábricas. Son el esfuerzo de quienes, aun viviendo lejos de casa, nunca olvidan a su familia.
Sabemos que las políticas migratorias en Estados Unidos se han puesto difíciles y el temor a redadas y deportaciones han generado incertidumbre entre muchos migrantes. Cuando alguien vive con miedo a perderlo todo de un día para otro, lo primero que hace es proteger su dinero y su estabilidad.
Por otro lado, también influyen factores económicos: sectores como la construcción (donde trabaja una gran parte de nuestra comunidad) han ido disminuyendo. Si el ingreso baja, inevitablemente también baja la posibilidad de enviar dinero a México.
A esto se suma un fenómeno menos visible: la migración mexicana hacia Estados Unidos ya no crece como antes. Durante años hubo una “renovación” constante de nuevos migrantes que llegaban y comenzaban a enviar dinero. Hoy ese flujo se ha reducido, lo que también impacta en las cifras.
Con todo esto, creo que vale la pena reconocer que el Gobierno de México ha mantenido una postura firme en la defensa de nuestros migrantes. La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara al rechazar cualquier intento de limitar las remesas, señalando que se trata del dinero legítimo que las familias mexicanas ganan con su trabajo.
También se han impulsado mecanismos para reducir los costos de envío y fortalecer la red consular, con el objetivo de brindar acompañamiento legal y protección a nuestros paisanos en Estados Unidos.
Es un paso importante porque un migrante que se siente protegido también puede seguir contribuyendo a su familia y a su comunidad.
Las remesas han sido por muchos años un salvavidas para muchas regiones del país. En estados con alta migración, el dinero que envían los migrantes sostiene economías locales completas: comercios pequeños, construcción de vivienda, educación de los hijos y consumo básico.
Por eso es momento de reconocer algo que a veces olvidamos: los migrantes no solo envían dinero, también sostienen comunidades enteras.
Desde esta trinchera lo digo con respeto y convicción: México actualmente atiende una deuda histórica con sus migrantes. No basta con agradecer las remesas; hoy se empieza a construir un país donde migrar sea solo una opción y no una necesidad.
Mientras ese día llegue nuestros paisanos seguirán haciendo lo que siempre han hecho: trabajar duro, apoyar a su familia y mantener viva la esperanza.
Porque detrás de cada remesa hay algo más grande que el dinero. Hay una madre que espera noticias de su hijo, un padre que manda para la escuela de sus hijos, una familia que resiste la distancia con la fuerza del amor.
Y por eso, más allá de las cifras y de las estadísticas, debemos recordar algo fundamental: los migrantes no solo sostienen la economía de muchas comunidades… también sostienen el corazón de México.
“Las remesas son la muestra más grande de amor de un migrante a su familia y a su patria…“
