AMÉRICO, EL TRAMO MAS DIFÍCIL

Opinión

CONFIDENCIAL

Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA

 

 

El poder tiene ciclos. Y aunque muchos se resistan a aceptarlo, todos los gobiernos los recorren sin excepción.

Hay una lógica casi matemática en la duración de los sexenios. Una ruta que inicia con entusiasmo, transita por la estabilidad y termina, inevitablemente, en desgaste.

Es una historia repetida cada seis años. Cambian los nombres, los partidos, los discursos. Pero el guion es el mismo.

Todo gobierno arranca con la llamada luna de miel. Es el periodo de la euforia. El momento en que el poder seduce y enamora.

Durante esos primeros dos años, todo parece posible. Sobran los aplausos, abundan los aliados y escasean las críticas.

Es la etapa donde nadie quiere quedarse fuera. Donde todos buscan un espacio, una cercanía, un beneficio.

Ahí florecen los leales de ocasión. Los que juran fidelidad eterna mientras el poder irradia.

Pero esa miel no dura para siempre. Nunca ha durado.

Luego llega la etapa de la estabilidad. Los siguientes dos años donde el gobernante se asume en plenitud.

Es el tiempo de las decisiones firmes. De los ajustes necesarios. De separar a quienes no dieron resultados.

Es la fase donde se gobierna con mayor claridad. Donde ya no hay margen para la improvisación.

Ahí se consolida el proyecto. O se exhiben sus límites.

Es también cuando comienzan las primeras incomodidades. Las primeras resistencias internas.

Porque gobernar implica elegir. Y elegir implica excluir.

Y excluir siempre genera resentimientos.

Pero es en la última etapa donde todo cambia de tono.

Los últimos dos años son los del divorcio. El momento más crudo del ejercicio del poder.

Es una etapa silenciosa, pero profundamente reveladora.

El gobernante empieza a notar que ya no ocupa el centro de todas las decisiones, aunque formalmente siga siendo la figura principal.

El poder comienza a desplazarse, poco a poco, hacia el futuro.

Aparecen nuevos polos de atracción. Nuevos interlocutores. Nuevos intereses.

Y ahí es donde surgen las verdaderas lealtades… y las simulaciones.

Los que antes buscaban cercanía, ahora buscan distancia prudente.

Los que se mostraban incondicionales, comienzan a administrar su presencia.

No rompen de golpe. Se diluyen.

Se vuelven intermitentes. Selectivos. Calculadores.

Es la política en su estado más puro.

Muchos empiezan a voltear hacia adelante. A construir puentes con quienes creen que serán los siguientes en mandar.

No es traición abierta. Es supervivencia.

Pero en el fondo, es lo mismo.

El gobernador comienza a quedarse solo. No de manera abrupta, sino progresiva.

Primero se vacían las reuniones. Luego se acortan las conversaciones. Después se enfrían las decisiones.

Y finalmente, se reduce el círculo.

Es ahí donde se impone la realidad más incómoda: el poder nunca fue suyo.

Era de la investidura.

Y cuando la investidura pierde fuerza, también lo hace todo lo que gira a su alrededor.

Las llamadas ya no se responden con la misma rapidez. Las invitaciones ya no se consideran prioritarias.

El respeto institucional permanece. El político, se diluye.

Es entonces cuando aparecen los balances personales.

Los aciertos pesan menos que los pendientes. Las decisiones cobran factura.

Y los errores, esos que antes podían ocultarse, se vuelven evidentes.

La política deja de ser control y se convierte en resistencia.

Gobernar ya no es ordenar. Es sostener.

Pues bien, el gobierno de Américo Villarreal Anaya ha entrado ya en esa fase. Le restan poco más de dos años y medio. Termina el 30 de septiembre del 2028.

Habiendo cumplido con la entrega de su cuarto informe, las señales comenzarán a multiplicarse.

No serán estridentes. Serán sutiles, pero constantes.

Renuncias que sorprenden. Ausencias que pesan. Silencios que dicen más que los discursos.

Habrá quienes dejen de contestar. Quienes pospongan. Quienes simplemente ya no estén.

Y también aparecerán los nuevos interlocutores, los que hoy se mueven en las sombras preparando el relevo.

Es el momento donde el poder empieza a tener fecha de caducidad visible.

Y donde cada decisión se vuelve más compleja, porque ya no todos están dispuestos a asumir costos.

Es, sin duda, el tramo más difícil.

Porque ahí no solo se gobierna. Se resiste.

Y es ahí, justamente ahí, donde se mide la verdadera dimensión de un liderazgo.

ASÍ ANDAN LAS COSAS

roger_rogelio@hotmail.com

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