Dr. Adán W. Echeverría-García
Al menos cuatro novelas puedes recordar de manera inmediata al leer “El murmullo de las abejas” de Sofía Segovia (Monterrey, Nuevo León, México 1965): primeramente “El perfume” de Patrick Süskind y su personaje sin olor; y es que Segovia nos construye y entrega al “mágico” Simonopio, ese niño alimentado con miel y protegido por un enjambre de abejas, sobre quien corre y se pretextan todas las historias de la novela misma.
Segovia también recurre al efecto que trae el inicio de “Cumbres borrascosas” de Emily Brontë, y de la misma forma misteriosa en que aparece el oscuro y vengativo Heathcliff, es de forma misteriosa, y utilizando la mexicana protección de la probable muerte de una anciana nana Reja, que Simonopio es introducido a la vida de la familia Morales, para impactarla para siempre.
Desde luego, Segovia nos hace recordar la grandiosa “Balún Canán” de Rosario Castellanos, y hace un paralelismo del impacto de la revolución mexicana en la vida de los terratenientes del sur de México; y tal como Castellanos lo presenta para Chiapas a mediados del siglo XX, y casi 70 años después Segovia presenta este mismo impacto en la vida de los ricos, pero del norte de México, quienes también “sufren” la confiscación de sus tierras, para el reparto agrario que ha sido uno de los derechos de justicia para los habitantes de nuestro país.
Sin embargo, me parece que Segovia retrata también el clasismo punzante de cierta gente de Monterrey sobre su visión alterada de quienes viven o proceden del sur y sureste de México, dibujando al sureño personaje Antonio Espiricueta como un ignorante, flojo, mal padre, mal vecino, golpeador de mujeres, violador y hasta fanático religioso que quiere a toda costa la muerte de Simonopio, por considerar que “este niño es el diablo”, y hacer de Espiricueta el personaje más maldito a través de toda la novela; porque a través de toda la novela no hay otro personaje malvado en el norte de México, donde todos son grandes samaritanos, excelentes vecinos que se preocupan unos por otros; solo ese “maldito” sureño Espiricueta, siempre tan sucio, a quien no se le puede ni siquiera ayudar.
La cuarta obra literaria que salta hacia nuestros recuerdos lectores es que Segovia enmarca su obra dentro del anecdotario hecho novela como la icónica “El tambor de hojalata” de Günter Grass, y como en esta obra de talla universal, en la obra de Segovia, capítulo a capítulo, o quizá deba decirse que: cuento tras cuento, anécdota tras anécdota vamos viendo la vida de la familia Morales a través del paso del tiempo.
Esta técnica literaria de “un capítulo, un cuento”, tan recurrida por los escritores, les conduce la mayoría de las veces al fallo en el final de la misma. Ocurre en “El tambor de hojalata” y le ocurre también a Segovia: la novela termina cuando la autora quiere que termine, cuando se le agotan las anécdotas, porque contrario a las tres primeras novelas presentadas (El perfume, Cumbres borrascosas, Balún Canán), donde las anécdotas se funden en una misma historia; en “El murmullo de las abejas” el tema de Simonopio que aglutina las anécdotas, para Segovia, al tratarse solamente de un personaje-pretexto, es literalmente abandonado dentro la misma historia, apresurando el final, como diciendo: “ya llevo más de 450 páginas, esta novela tiene que terminar”, y así es como la novela que debió terminar en el capítulo 80, se alarga innecesariamente hasta el capítulo 100, y entrega después una fábula, y unas aclaraciones quizá también innecesarias.
De esta forma una excelente, entretenida, y hasta por momentos conmovedora “novela”, termina por caerse en el final, haciendo que el lector por fin descanse, y se quede con la idea de “¿y?”.
¿Qué sucede con los autores que no saben cómo terminar con un libro? ¿Es acaso la falta de taller? ¿Son los compromisos editoriales? ¿Quizá editores incompetentes que no trabajan bien con sus autores?
Sin embargo, es necesario dejar claro que “El murmullo de las abejas” es una obra que merecer ser leída. ¡Hágalo, si tiene oportunidad!
