La Comuna
José Ángel Solorio Martínez
Uno de los efectos perniciosos de la irrupción desenfrenada de las redes sociales en la comunidad tamaulipeca contemporánea, ha sido la parálisis -y en algunos casos: retroceso- de la creación en las esferas de la cultura. La generación de literatos -dramaturgos, narradores y poetas- ha envejecido: y con ello, el debilitamiento de la urdimbre de las cosas referentes al arte.
Existen escritores jóvenes, cierto; pero les falta la maduración necesaria, que les permita superar -en los sentidos cuantitativo y cualitativo- a la generación que les antecede.
Muchos de quienes pretenden incursionar en los caminos de la literatura, cometen los pecados de sus antecesores: pretenden cobrar -becas- antes de escribir algo digerible y respetable; reeditan las fallas de las redes sociales: temas irrelevantes, fragmentados, lugares comunes, noticias falsas; trasudan amargura por lo que consideran el maltrato gubernamental -principalmente en metálico-; valor cultural de sus productos, tan efímeros como los medios que utilizan para comunicarse y socializar con sus pares y otros personajes.
Tengo años, -décadas- que no leo algo sorprendente en dramaturgia.
Las generaciones emergentes, son fieros críticos de los dramaturgos de viejo cuño. Es una crítica, que gira en torno a problemas personales y no sobre el ejercicio creativo; así de reducido es el debate cualitativo, sobre la producción textual. La nueva dramaturgia, existe sólo en proyectos que nada dicen y nada trazan para el mejoramiento de las artes escénicas.
La actividad más trascendente de los teatreros que aspiran a ser sujetos renovadores en esta disciplina es un concurso estatal de Teatro venido a menos; no está del todo mal: sólo que sus niveles artísticos -de la gran mayoría de los participantes- son básicos, de trabajos escolares.
En el caso de la narrativa, es similar el escenario.
¿Alguien puede mencionar alguna novela dentro de los estándares del decoro en los recientes años?
¿Algún libro de cuentos merecedor de ser leído?
En poesía existen dos o tres creadores con madera. Nada sobresaliente; creen, que el escribir una serie de frases inconexas, son memorables versos y por lo mismo, dignos de ser llevados a la eternidad de las letras de imprenta.
¿Que el gobierno no apuntala esas actividades?
Cierto.
Es una conducta abominable que viene desde tiempos inmemoriales.
Ser capaces de remontar esa eventualidad, es una obligación de los creadores. Si no tienes el corazón para producir en la adversidad, en la abundancia se encaran otros desafíos; quizá más peligrosos, que los prohijados por la escasez.
No es defender lo indefendible; el gobierno que pague sus culpas.
Los creadores deben existir, con el estado, sin el estado y aún en contra del estado.
Claro, se debería iniciar por lo primero: leer bien, para escribir mejor.
