LA OBEDIENCIA QUE SALVA

Opinión

EDYTORIALES

Edy Pintor

Una historia que conté a mis hijos hace más de dos décadas.
Cuando mis hijos eran pequeños, yo viajaba mucho por trabajo y cada vez que salía de casa, les repetía lo mismo a ellos, con la misma insistencia con la que un padre repite lo esencial: “Hijos, mientras yo esté fuera, aprendan a nadar. Las clases están pagadas y cuando regrese, quiero verlos nadando como peces en el agua”.
Vivíamos en un lugar bendecido por el agua, como Tampico, Tamaulipas: playas, lagunas, canales, ríos, malecón… el agua estaba en todas partes, hermosa y peligrosa al mismo tiempo.
Cada regreso era la misma escena. Bajaba las maletas, los abrazaba y preguntaba:
—¿Aprendieron a nadar?
—No, papá.
Y así, viaje tras viaje, la respuesta era siempre la misma.
No aprendimos.
Se me ocurrió citarles un ejemplo contundente, y decidí contarles un ‘cuento’ sobre una historia de desobediencia de unos hijos al padre.
Aquí comienza la historia que yo les platicaba a mis hijos, como si hubiera sucedido en Tampico:
El padre que vivía en Tampico pedía a los hijos que aprendieran a nadar y estos nunca lo obedecieron, hasta que un día, los hijos cansados de defraudar a su padre, decidieron mentirle.
Cuando el padre regresó, le dijeron con una sonrisa:
—Sí, papá. Ya aprendimos a nadar.
El padre, contento, los invitó caminar por el malecón al atardecer. El mar estaba bravo, la corriente fuerte, las olas rompían con furia contra las rocas; de pronto, de la nada —porque la vida a veces escribe guiones que parecen sacados de un sueño extraño—, apareció un león hambriento. Sí, un león. En Tampico. En la orilla del mar. Incongruente, absurdo, pero real en la lección que quería grabar en sus corazones.
El padre, que sí sabía nadar, no dudó ni un segundo. Se lanzó al agua gritando:
—¡Hijos, salten! ¡Salten conmigo!
Los muchachos se quedaron paralizados en el borde del precipicio. Miraron el mar revuelto. Miraron al león que se les acercaba rugiendo. Y con la voz quebrada confesaron al padre la verdad que le habían ocultado.
—No, papá… no aprendimos a nadar.
En ese instante se les presentó la más cruel de las encrucijadas.
Si saltaban, se ahogaban. La corriente era brutal y ellos no tenían la habilidad para sobrevivir.
Si se quedaban, el león los devoraba.
La desobediencia los había llevado al borde de la muerte. No había salida porque la mentira, la rebeldía silenciosa, la falta de respeto a la autoridad de su padre, los había colocado exactamente donde nadie quiere estar: entre el mar que los tragaría y la fiera que los destrozaría.
Esa historia ficticia, que conté an mis hijos cuando eran niños, no era solo un cuento, era una parábola de vida.
Porque la obediencia no es sumisión ciega. Es sabiduría. Es protección. Es el escudo que te permite sobrevivir cuando la vida te pone un león enfrente.
El hombre que no se somete a una autoridad legítima —sea la de un padre, la de la ley, la de un jefe justo, la de un gobierno que merece respeto— está destinado a caminar por la vida sin herramientas, sin habilidades, sin preparación y, tarde o temprano aparecerá su león: una crisis económica, una decisión política equivocada, un negocio que se derrumba, una oportunidad que se pierde para siempre. Y en ese momento no tendrá la fuerza para nadar. Se hundirá. No porque el mar sea malo, sino porque nunca aprendió a nadar.
La obediencia temprana, la que se practica cuando nadie nos obliga, es la que nos salva cuando nadie puede salvarnos. Es la que construye carácter, disciplina y respeto. Es la que different al que fracasa del que perdura. Al que muere en la orilla del que cruza el océano.
Por eso, hoy, después de una semana dura en la que hemos señalado errores, abusos y desatinos de gobernantes y poderosos, quiero cerrar con este mensaje fraternal, de padre a los hijos, de amigo a amigo, de columnista a lector:
Obedece cuando la autoridad es justa.
Respeta cuando la ley protege.
Sométete cuando la orden te forma, no te destruye.
Porque el que aprende a nadar a tiempo, aunque el padre se ausente, aunque el mundo grite lo contrario, ese sí podrá saltar al mar cuando venga el león.
Y no solo sobrevivirá. Saldrá del agua más fuerte, más sabio y con la frente en alto.
Que este fin de semana, cada uno de nosotros revisemos en silencio: ¿estoy aprendiendo a nadar? ¿O estoy acumulando desobediencias que un día me dejarán sin salida?
La vida siempre pone su león.
¿Están listos para saltar?…
Con cariño, respeto y esperanza: Edy Pintor
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