Columna Opinión Económica y Educativa.
Dr. Jorge A. Lera Mejía. Especialista en políticas públicas. SNII-2 SECIHTI.
La reciente reflexión del doctor Manuel Gil Antón, investigador de El Colegio de México y crítico persistente de la desigualdad educativa, permite revisar con mayor precisión el lenguaje con que nombramos a las juventudes excluidas. Durante años se habló de los NiNis, como si fueran jóvenes que “ni estudian ni trabajan” por simple desinterés. Sin embargo, esa expresión terminó cargada de juicio moral. (12/04/2026. https://elpuntero.com.mx/ni-nis-no-sin-sin/).
Por eso resulta más justo distinguir a los jóvenes SinSin: aquellos que están sin trabajo y sin escuela, no siempre por voluntad propia, sino por falta de oportunidades reales.
Esta precisión es importante porque cambia el enfoque del problema. No se trata sólo de culpar al joven que no logró entrar a la universidad o que no encontró empleo. Se trata de reconocer que muchos egresados de preparatoria desean continuar sus estudios, pero encuentran cerradas las puertas por un sistema que administra la escasez mediante exámenes de selección, cupos limitados y una falsa meritocracia. El examen de admisión puede medir conocimientos, pero también refleja desigualdades previas: la calidad de la escuela de origen, el ingreso familiar, el acceso a cursos, el ambiente cultural y hasta la posibilidad de dedicarse sólo a estudiar.
También conviene distinguir a los SiSis: jóvenes que sí estudian y sí trabajan.
Ellos representan otra cara del esfuerzo juvenil. Muchos no combinan escuela y empleo por vocación emprendedora, sino por necesidad económica. Son jóvenes que pagan transporte, materiales, colegiaturas, alimentos y, en ocasiones, apoyan al hogar. Por eso, el debate no debe enfrentar a NiNis contra SiSis, sino reconocer una realidad más compleja: hay jóvenes SinSin excluidos del sistema, jóvenes SiSis sobrecargados por la precariedad y una estructura educativa incapaz de ofrecer alternativas suficientes.
En ese punto, Gil Antón tiene parte de razón cuando cuestiona que el acceso a la educación superior dependa de filtros excluyentes. Pero el problema de fondo no se resuelve únicamente eliminando exámenes.
Si las universidades públicas seleccionan con dureza, es porque no existen lugares suficientes. La meritocracia selectiva se vuelve entonces una forma elegante de esconder la insuficiencia del Estado. No se rechaza sólo al que no tiene aptitud; se rechaza al que llega desde condiciones desiguales a competir por pocos espacios.
La responsabilidad principal está en la falta de inversión educativa sostenida.
La UNESCO ha señalado que los países deben destinar entre 4% y 6% del PIB, o entre 15% y 20% del gasto público, a educación (UNESCO). México se ha quedado corto frente a ese horizonte, pues la OCDE reportó que el gasto educativo nacional pasó de 5.1% del PIB en 2015 a 4.2% en 2021, por debajo del promedio de la OCDE de 4.9% (OCDE).
Con menos recursos, no puede haber más cobertura, mejores laboratorios, docentes mejor formados, infraestructura suficiente ni universidades regionales competitivas.
La educación privada tampoco ha sido solución para las mayorías. Las buenas universidades privadas compiten en prestigio, pero sus costos de inscripción, colegiaturas y manutención las vuelven inaccesibles para amplios sectores.
Así, los jóvenes SinSin quedan empujados a buscar lugar en instituciones públicas saturadas o, peor aún, a desertar de la continuidad educativa.
El mercado no corrige la ausencia del Estado; más bien la profundiza.
Tampoco basta crear universidades por ocurrencia. Las Universidades para el Bienestar Benito Juárez fueron anunciadas como respuesta a la exclusión, pero diversos análisis han cuestionado su pertinencia, condiciones académicas e infraestructura; Suplemento Campus advirtió que podían terminar ofreciendo educación superior barata y de baja calidad a los estudiantes más vulnerables (Suplemento Campus). Si a los pobres se les ofrece educación pobre, la desigualdad no se combate: se reproduce.
En síntesis, la culpa no es del indio, sino de quien lo hizo compadre. México ha descuidado de fondo al sector educativo con ocurrencias, clientelismo y modelos más ideológicos que pedagógicos. La Nueva Escuela Mexicana pudo abrir una discusión necesaria sobre justicia social, pero falló al debilitar evaluación, calidad operativa, infraestructura y profesionalización. A ello se suma el peso de sindicatos que, como la CNTE y sectores del SNTE, han vuelto a prácticas de presión y clientelismo.
La alternativa exige una política seria: ampliar matrícula pública de calidad, fortalecer tecnológicos regionales, financiar universidades estatales, crear becas de manutención, evaluar sin excluir, vincular carreras con vocaciones productivas locales y exigir rendición de cuentas. Sólo así los jóvenes SinSin dejarán de ser excluidos, y los SiSis no tendrán que cargar solos el costo de estudiar y trabajar en un país que les debe futuro.
