CYNTHIA JAIME: LA CARA DE LA CENSURA

Opinión

Por: Martín Díaz / Periodismo con Firma
A la diputada Cynthia Lizabeth Jaime Castillo se le olvidó muy rápido de dónde viene. La que ayer presumía cercanía con los medios y vivía del micrófono, hoy impulsa una ruta legal construida sobre conceptos tan ambiguos que podrían terminar usados contra el escrutinio público.

El pasado viernes 08 de mayo, la legisladora presentó formalmente ante el Congreso de Tamaulipas una iniciativa de decreto para reformar el Código Penal del Estado. No hay que ser ingenuos: como no prosperó aquel intento de “colegiación” obligatoria, ahora aparece el nuevo pretexto del “acecho digital”.

El problema no es proteger a las víctimas; el problema es la maña legislativa con dedicatoria.

El Guion de la Mordaza

La iniciativa busca sancionar el “monitoreo constante” y la “vigilancia” mediante medios electrónicos. Suena correcto en el discurso, pero en un estado donde demasiados políticos confunden crítica con persecución, esto puede convertirse en una peligrosa herramienta de intimidación.

Porque la pregunta es simple: ¿quién va a decidir qué constituye “vigilancia”?

Si mañana documentamos contratos públicos, exhibimos viajes, cuestionamos propiedades o insistimos sobre casos de corrupción, ¿nos van a denunciar por acecho? Bajo interpretaciones amplias, cualquier investigación incómoda podría terminar convertida en sospecha criminal.

Le están dando al poder un arma cargada para usarla contra cualquiera que decida investigar.

¿Ignorancia o Mandado?

Resulta preocupante que una legisladora con pasado en los medios ignore la línea entre privacidad y escrutinio público.

Si Cynthia Jaime no entiende que vigilar al funcionario es parte de la obligación ciudadana en una democracia, entonces su ignorancia es peligrosa. Pero si lo entiende perfectamente y aun así impulsa esta reforma, entonces la pregunta cambia:

¿A quién le está haciendo el trabajo sucio?

Porque este blindaje no parece diseñado para proteger al ciudadano común. Parece hecho para una clase política que quiere dejar de ser observada mientras sigue viviendo del erario.

Redes sociales: del amor al odio

Resulta curioso: la clase política ama las redes sociales cuando anda en campaña, transmitiendo en vivo, subiéndose selfies y rogando por un “like”. Pero cuando los ciudadanos usan esas mismas plataformas para cuestionar, exhibir o seguirle la pista al poder, entonces hablan de “acecho”, “hostigamiento” y “vigilancia”.

Si a algunos funcionarios les incomoda tanto el escrutinio público, la solución es bastante simple: cierren sus redes, renuncien al cargo y váyanse a sus casas. Solo ahí podrán disfrutar de la privacidad que tanto extrañan… y donde, como ocurría antes del cargo, ya nadie tendrá interés en vigilarlos.

Ahí están los hechos, que cada quién saque sus conclusiones.

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