Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
Le ocurrió al PRI durante décadas.
Y hoy, síntomas inquietantemente similares comienzan a manifestarse en Morena.
El viejo régimen priista confundió hegemonía absoluta con invulnerabilidad.
Controlaba la Presidencia, el Congreso, las gubernaturas, los sindicatos, los municipios, el presupuesto, los medios y hasta el relato nacional.
Ganaba casi todo.
Hasta que la realidad económica, el desgaste natural del poder y el hartazgo ciudadano terminaron perforando la maquinaria política más poderosa que había conocido América Latina.
1988 no fue solamente una elección.
Fue el inicio de la fractura psicológica del sistema.
El PRI seguiría gobernando todavía varios años más.
Mantendría estructura, operadores y control territorial.
Pero desde aquella noche en que “se cayó el sistema” y Cuauhtémoc Cárdenas rompió la percepción de invencibilidad del régimen, el país entendió algo fundamental: ninguna hegemonía es eterna.
Casi cuatro décadas después, México comienza a mostrar paralelismos que no son idénticos… pero sí peligrosamente familiares.
Morena domina hoy prácticamente todo el aparato político nacional:
Presidencia, Congreso, mayoría de gubernaturas, programas sociales, narrativa pública, movilización territorial y una enorme concentración de poder político.
Su legitimidad se construyó alrededor de Andrés Manuel López Obrador y la promesa de transformar al país desmontando los vicios del viejo sistema.
Pero las hegemonías no comienzan a caer cuando pierden elecciones.
Comienzan a caer cuando dejan de parecer inevitables.
Y esa erosión ya empieza a sentirse.
Debajo del discurso triunfalista se acumulan tensiones reales: fragilidad fiscal, desaceleración económica, presión internacional,
violencia territorial, desgaste institucional y una creciente percepción de captura criminal en algunas regiones del país.
Moody’s rebajó la calificación soberana mexicana hasta el último escalón del grado de inversión.
Pemex se convirtió en un enorme peso financiero.
Las remesas enfrentan nuevas presiones desde Estados Unidos.
Y Washington ya no habla solamente de narcotráfico.
Habla de terrorismo.
La designación de cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras cambió completamente el tablero geopolítico.
Porque ahora el problema no es solamente criminal.
Es financiero.
Diplomático.
Y de seguridad nacional.
Y cuando Estados Unidos comienza a utilizar ese lenguaje, los mercados escuchan.
Pero quizá el síntoma más interesante no está solamente en la economía nacional.
Está comenzando a verse dentro del propio oficialismo.
Incluso en Tamaulipas.
Incluso en Ciudad Victoria.
Porque mientras Morena sigue siendo ampliamente competitivo, ya empiezan a aparecer dos formas muy distintas de entender el poder y el futuro político.
Ahí están los casos de GERARDO ILLOLDI REYES y HUGO RESÉNDEZ SILVA.
Dos visiones.
Dos generaciones.
Dos lecturas completamente distintas del mismo momento político.
Por un lado, Illoldi representa el impulso de una nueva generación política que observa el enorme poder territorial y electoral de Morena y concluye que la marca partidista sigue teniendo una ventaja estructural muy sólida rumbo al 2027.
Su discurso transmite confianza.
Empuje.
Velocidad.
Convicción de victoria.
Y en parte tiene razones objetivas para pensarlo.
La oposición luce fragmentada.
Desarticulada.
Sin liderazgo claro.
Sin narrativa dominante.
Pero del otro lado apareció una visión completamente distinta.
La de Hugo Reséndez.
Más institucional.
Más cautelosa.
Más cercana a la memoria política de cómo funcionan realmente los ciclos del poder.
“Una cosa es que la oposición esté dormida y otra muy distinta caer en excesos de confianza”, advirtió.
Y quizá ahí se encuentra el verdadero fondo de esta discusión.
Porque la frase de Reséndez encierra una lección histórica que el PRI aprendió demasiado tarde: los regímenes no suelen derrumbarse por la fuerza de la oposición.
Se desgastan desde dentro.
Por soberbia.
Por exceso de confianza.
Por desconexión.
Por fracturas internas.
Por creer que la popularidad del presente garantiza el futuro.
Illoldi interpreta correctamente el momento político actual.
Reséndez advierte correctamente sobre lo que puede venir después.
Y ninguno de los dos está necesariamente equivocado.
Uno habla desde la fuerza del presente.
El otro desde la experiencia que deja el ejercicio prolongado del poder.
Porque la política cambia a velocidades brutales.
Un movimiento dominante puede parecer invencible…
hasta que deja de serlo.
El PRI también creyó alguna vez que los programas sociales, la estructura territorial y el control político eran suficientes para garantizar eternidad.
La historia terminó demostrando lo contrario.
Y Morena enfrenta hoy la misma paradoja histórica de todo movimiento que llega prometiendo destruir al viejo régimen: el riesgo de terminar pareciéndose demasiado a aquello que juró combatir.
La gran amenaza para Morena quizá no venga hoy de la oposición.
Viene del desgaste acumulado del poder.
Exactamente como le ocurrió al PRI.
La diferencia es que México en 2026 ya no es el México cerrado de 1988.
Hoy existen redes sociales, medios digitales, mercados globales, calificadoras internacionales, presión estadounidense permanente y una ciudadanía mucho más desconfiada del poder absoluto.
Eso vuelve la erosión más rápida.
Más visible.
Y más impredecible.
¿Puede Morena perder como perdió el PRI?
Sí. Absolutamente sí.
Toda hegemonía puede caer.
La historia política mexicana lo demuestra una y otra vez.
Y quizá la verdadera diferencia entre quienes entienden el momento político… y quienes terminan siendo devorados por él… es la capacidad de reconocer cuándo el poder comienza a confundirse con eternidad.
Porque cuando un régimen empieza a creerse indispensable, normalmente ya comenzó su decadencia.
