La propuesta del diputado local José Schekaibán de replicar viveros didácticos en los 43 municipios de Tamaulipas abre una discusión necesaria sobre la educación ambiental, la preservación de los ecosistemas y la capacidad de los gobiernos para sostener proyectos de largo plazo.
Martín Díaz / Periodismo con Firma
Los árboles no votan, no hacen campaña y tampoco llenan plazas públicas. Quizá por eso los temas ambientales suelen ocupar un lugar secundario en la agenda política. Sin embargo, son de esos asuntos cuyos resultados permanecen mucho tiempo después de que terminan los periodos de gobierno.
Bajo esa lógica cobra relevancia la propuesta presentada por el diputado local del PAN, Pepe Schekaiban, para impulsar la creación de viveros didácticos en los 43 municipios de Tamaulipas. La iniciativa, respaldada por todas las fuerzas políticas representadas en el Congreso del Estado, busca replicar un modelo que desde hace años opera en Tampico y que combina la producción de árboles y plantas con actividades de educación ambiental dirigidas a niñas, niños y familias.
A simple vista podría parecer un tema menor. No involucra grandes obras de infraestructura, no genera confrontaciones partidistas ni provoca los escándalos que suelen dominar la conversación pública. Pero precisamente ahí radica su valor.
La política suele medirse por el número de inauguraciones, los kilómetros de pavimento construidos o los montos presupuestales anunciados. Pocas veces se evalúa por su capacidad para formar ciudadanos más conscientes sobre el entorno en el que viven.
La propuesta parte de una idea sencilla: utilizar espacios municipales para producir vegetación destinada a parques, jardines y camellones, al tiempo que se fomenta una cultura de respeto y cuidado por los recursos naturales. En una entidad donde las altas temperaturas, la escasez de agua y la pérdida de áreas verdes son problemas cada vez más evidentes, la discusión no resulta menor.
Además, la iniciativa se inserta dentro de una agenda que el legislador ha venido impulsando en distintos frentes relacionados con la calidad de vida urbana. En meses recientes ha promovido propuestas vinculadas al manejo adecuado de residuos contaminantes, la modernización del alumbrado público mediante tecnologías más eficientes y acciones para facilitar el acceso a vivienda para jóvenes y personas con discapacidad.
Desde luego, ninguna iniciativa merece aplausos anticipados. La verdadera prueba comenzará si la propuesta logra trascender el papel.
Porque construir un vivero puede resultar relativamente sencillo. Mantenerlo funcionando durante años, dotarlo de personal capacitado y convertirlo en un espacio útil para la comunidad es una tarea mucho más compleja. Muchos municipios enfrentan limitaciones financieras y operativas que obligarán a pasar de los buenos deseos a la planeación seria.
Ahí es donde se definirá si estamos frente a una política pública con visión de largo plazo o ante una idea que terminará olvidada con el siguiente cambio de administración.
Lo cierto es que la propuesta coloca sobre la mesa una discusión que pocas veces encuentra espacio en el debate político: la necesidad de construir una cultura ambiental desde las comunidades y no solamente desde los discursos oficiales.
Porque sembrar un árbol toma apenas unos minutos. Crear generaciones que entiendan por qué deben cuidarlo puede tomar décadas.
Ahí están los hechos. Que cada quién saque sus conclusiones.
