En el municipio más pequeño de Tamaulipas, una graduación con apenas siete estudiantes dejó una lección que la política de los grandes escenarios suele olvidar: el servicio público también se mide por entender que siete alumnos merecen la misma atención que siete mil.
Martín Díaz / Periodismo con Firma
En San Nicolás se graduaron apenas siete estudiantes: seis de telesecundaria y una sola alumna de primaria. Para cualquier estratega obsesionado con la rentabilidad electoral, recorrer cientos de kilómetros para asistir a una ceremonia tan pequeña parecería una mala inversión de tiempo. Muy pocos asistentes, nula movilización y, sobre todo, muy pocos reflectores.
Esa suele ser la fría lógica de la política de los grandes escenarios: a mayor auditorio, mayor exposición. Bajo ese criterio mercantilista, los municipios más pequeños y apartados del Tamaulipas profundo casi nunca ocupan un lugar prioritario en las agendas de los altos funcionarios.
Por eso, lo ocurrido hace unos días en San Nicolás merece una lectura diferente.
La apuesta de la sierra
Entre los graduados existía una apuesta silenciosa. Querían comprobar si su padrino de generación realmente cumpliría su palabra y subiría a la sierra. La duda no era gratuita; durante décadas, las comunidades rurales se acostumbraron a escuchar promesas de campaña que terminaban disolviéndose en las curvas del camino que conecta a Ciudad Victoria con la montaña.
La alumna Ariadna Nataly Zúñiga Robledo había elegido como su padrino de generación a Miguel Ángel Valdez García, secretario de Educación de Tamaulipas. Y contra todos los pronósticos del escepticismo local, el secretario llegó.
El valor de un servidor público no siempre se mide por la masa que es capaz de congregar frente a un templete. A veces se mide, de forma más genuina, por la decisión de tomar la carretera para estrechar la mano de una sola niña que termina la primaria y de seis jóvenes que concluyen su telesecundaria.
Más allá de la rentabilidad
Desde la óptica de la comunicación política tradicional, asistir a San Nicolás difícilmente se justificaría en una mesa de estrategia. En el mismo lapso de traslado, cualquier funcionario podría encabezar eventos multitudinarios en Reynosa, Matamoros, Altamira o la capital del estado, garantizando portadas y miles de impactos en redes sociales.
Pero la educación pública no puede —ni debe— administrarse con Likes en redes sociales.
Cuando un gobierno entiende que el derecho a la educación es el mismo para todos, el tamaño del municipio deja de ser un factor de exclusión. Una escuela unitaria o una telesecundaria perdida en la geografía estatal representan exactamente el mismo compromiso institucional que un plantel de alta matrícula en las zonas urbanas.
El valor de la palabra
Ese es el mensaje más importante que deja la humilde ceremonia de San Nicolás. No se trata de aplaudir que un secretario de Estado cumpla con su deber —eso es lo mínimo que se espera—, sino de rescatar un principio básico: el tamaño de una comunidad jamás debe determinar la importancia y la dignidad de quienes viven en ella.
Los siete alumnos ganaron su apuesta. El Estado, por su parte, envió una señal que vale la pena registrar: la presencia gubernamental no solo debe concentrarse en las esquinas donde se disputan los grandes paquetes de votos, sino también en aquellos rincones del mapa donde una generación entera cabe en una sola foto.
Porque, al final del día, siete estudiantes en la sierra merecen exactamente la misma atención que siete mil en la ciudad.
Ahí están los hechos. Que cada quién saque sus conclusiones.
