Por Oscar Díaz Salazar
En la familia de cuatro, de la que se hacía cargo una maestra viuda que laboraba mañana, tarde y noche para conseguir el sustento de cuatro niños que se quedaron sin padre entre los siete y los doce años de edad, se recuerda, y a veces se platica con orgullo, que tres hermanitos portaron la bandera de la escuela primaria “Ignacio Ramírez” de Reynosa.
El mayor le entregó la bandera a su hermana, un año menor, y tres años después, la recibió también otro hermano que creció en un hogar monoparental, en donde se creía en la educación, en la educación pública para más señas, y se le consideraba como la mejor herramienta para tener un futuro digno, provechoso y un poco mejor de lo que tuvieron en la generación anterior.
Les comparto estos recuerdos personales, de los éxitos en la educación primaria que tuvimos los hermanos Díaz Salazar, de la que por supuesto no fue ajena mi madre, la maestra María Elena Salazar García, para contextualizar mi desacuerdo (parcial) con la decisión de las autoridades de la Secretaría de Educación Pública, para “democratizar” el privilegio antes reservado a los mejores estudiantes (con los asegunes que conlleva utilizar calificativos), permitiendo que sean otros criterios para seleccionar a los estudiantes que porten la bandera y sean parte de la escolta, en las ceremonias escolares en las que se rinden honores a los símbolos patrios.
La decisión está tomada y el comentario puede parecer ocioso ante los hechos consumados. Aún así creo que antes que cancelar o limitar, se deben multiplicar y revalorar los reconocimientos a los jóvenes que destacan en su aprovechamiento educativo.
En una época en la que se rinden honores, pleitesía y admiración a la riqueza fácil, a las cosas materiales, a las manifestaciones de poder y se hace apología de la violencia, el consumo y el trafique de drogas y las conductas ilícitas, es muy necesario generar incentivos para que los niños y los jóvenes prefieran el buen camino y los valores y principios que ayudan a la buena convivencia, y a todo eso que se enseña y se inculca en la escuela.
Corresponde a los adultos, y en este caso a las autoridades educativas, crear las tradiciones que sean útiles para premiar y estimular a los “mejores estudiantes”, y a la vez incentivar a los demás a esforzarse y valorar el estudio.
Termino reconociendo que quizás el tema educativo, sea para mí la excepción a mis convicciones democráticas, pues si bien creo que todos somos iguales y que “naides es más que naides”, se debe tener consideraciones y reconocimiento a los mejores estudiantes.
… el guasumara es definir eso de mejores y quienes lo son.
