ALMARAZ INTENTÓ IMPONER LA AGENDA AL GOBERNADOR

Opinión

POR LA LIBRE

Por Edelmira Cerecedo García

Hay algo maravilloso en la política: siempre aparece alguien dispuesto a descubrir que el mundo entero está equivocado, menos él.

En Río Bravo, Miguel Ángel Almaraz Maldonado parece haber encontrado una nueva fórmula de gobierno: si la agenda no se acomoda, pues se anuncia primero y después vemos.

Y así llegamos al segundo informe.

El alcalde salió públicamente a anunciar como un hecho la presencia del gobernador Américo Villarreal Anaya para el 13 de septiembre.

Todo muy bonito.

Todo muy institucional.

Todo muy… adelantado.

Porque había un pequeño detalle: el Gobernador ya tenía agenda.

Y no, no estaba decidiendo entre Río Bravo y quedarse en Palacio viendo pasar las moscas.

Para ese día estaban contempladas actividades en Palmillas y Tula.

Dos municipios.

Dos regiones.

Dos compromisos.

Porque, aunque a algunos alcaldes se les olvide, Tamaulipas tiene 43 municipios y el Gobernador no gobierna únicamente el que anuncia su visita en video.

Desde el Gobierno estatal se explicó que previamente se había planteado acompañar el informe de Río Bravo el 6 de septiembre a las 16:00 horas.

No hubo acuerdo.

Hasta ahí, asunto de agenda.

Normal.

Lo que dejó de ser normal fue convertir una diferencia de calendario en espectáculo político.

Porque una cosa es decir:

“Gobernador, aquí está mi invitación”.

Y otra muy distinta es:

“Gobernador, ya anuncié que viene usted”.

¡Ah, caray!

Eso ya no es cortesía.

Eso es administración de agenda ajena.

Y quizá ahí está el verdadero problema.

Almaraz tiene personalidad política. Eso nadie se lo puede negar.

Lo que también tiene es una manera muy particular de entender la relación con el poder estatal.

Una manera que, curiosamente, recuerda a una escuela política muy conocida en Tamaulipas.

La de Francisco Javier García Cabeza de Vaca.

Porque Almaraz no apareció ayer en la política.

Su trayectoria está vinculada al panismo tamaulipeco y a una época en la que la confrontación política no era accidente: era parte del paisaje.

Había carácter.

Había pleito.

Había posicionamiento.

Y, sobre todo, había políticos que parecían creer que mientras más fuerte tronara la puerta, más grande era la autoridad.

Almaraz parece conservar algo de aquella escuela.

No necesariamente porque alguien le esté diciendo qué hacer.

Eso sería demasiado fácil.

A veces no hace falta que nadie dé instrucciones.

Hay estilos que se aprenden tan bien que después se ejecutan de memoria.

Y ahí está lo interesante.

Porque Américo Villarreal Anaya no es un gobernador que necesite entrar al juego del grito contra grito.

Su estilo es otro.

Y justamente por eso la escena resulta más incómoda para quienes todavía creen que la política se trata de ver quién aguanta más decibeles.

Mientras uno anuncia una presencia que todavía no está amarrada, el otro sigue con una agenda estatal que incluye Palmillas, Tula y el resto de Tamaulipas.

Eso se llama gobernar.

Lo demás se llama hacer producción.

Y en política hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Almaraz puede ser opositor.

Puede cuestionar.

Puede reclamar.

Puede incluso enojarse.

Tiene todo el derecho.

Lo que no puede hacer es confundir autonomía municipal con patente para desconocer las formas institucionales.

Porque la cortesía política no es genuflexión.

Es inteligencia.

Y aquí viene lo sabroso.

Si el alcalde quería demostrar independencia, perfecto.

Pero anunciar al Gobernador como si fuera invitado confirmado sin tener cerrado el acuerdo termina produciendo exactamente el efecto contrario:

parece que necesita demostrar demasiado que no necesita a nadie.

Y cuando alguien necesita demostrar demasiado que es independiente, normalmente ya empezó la sospecha de que la independencia le preocupa más que el trabajo.

Porque Río Bravo necesita obras.

Necesita gestión.

Necesita coordinación.

Necesita resultados.

No necesita otro capítulo de la eterna serie:

“Yo dije que venía, pero él tenía otra agenda”.

Eso sirve para Facebook.

Para gobernar, poquito.

Y mientras tanto, la sombra de aquella vieja escuela panista vuelve a aparecer en el escenario.

Cabeza de Vaca ya no está sentado en la silla del Ejecutivo estatal.

Pero la política tiene memoria.

Y algunas formas también.

Cambian los gobiernos.

Cambian los discursos.

Cambian los colores.

Pero cuando alguien vuelve a utilizar el choque como lenguaje político, inevitablemente aparecen las comparaciones.

No porque el pasado esté dando órdenes.

Sino porque el pasado deja escuela.

Y Almaraz parece haber aprendido bien algunas materias.

La de no bajar el volumen.

La de convertir cualquier diferencia en posicionamiento.

Y la de entender que un reflector bien colocado puede hacer parecer enorme hasta un problema de calendario.

El detalle es que estamos entrando a otra etapa política.

El proceso electoral 2026-2027 ya está caminando.

Los municipios vuelven a convertirse en territorios políticos.

Los alcaldes empiezan a medir fuerzas.

Los partidos acomodan piezas.

Y cada fotografía, cada video y cada desencuentro empieza a tener lectura.

Por eso lo de Río Bravo no es solamente una fecha.

Es una señal.

Porque cuando un alcalde decide marcar distancia con el Gobernador, también está diciendo algo políticamente.

Y cuando lo hace de manera pública, todavía más.

La pregunta entonces no es si Almaraz tiene derecho a hacerlo.

Claro que lo tiene.

La pregunta es qué gana Río Bravo con eso.

Porque el alcalde puede ganar una nota.

Puede ganar conversación.

Puede ganar aplausos de los suyos.

Pero la ciudad necesita algo mucho más aburrido y mucho más útil:

que se sienten a trabajar.

Así de sencillo.

Palmillas tiene derecho a la presencia del Gobernador.

Tula también.

Río Bravo también.

Los 43 municipios también.

Y el Gobernador, aunque a algunos les incomode, no trabaja con agenda de caprichos municipales.

Trabaja con una agenda estatal.

Quizá alguien debería explicarle eso al alcalde.

Aunque tal vez ya lo sabe.

Y si lo sabe, entonces la pregunta cambia:

¿por qué quiso ponerle al Gobernador una cita en la agenda que no era suya?

Ahí está el verdadero informe.

No el de las obras.

No el de los discursos.

El político.

Porque hay quienes todavía creen que gobernar es demostrar quién manda.

Y hay quienes entienden que gobernar es conseguir que las cosas funcionen.

Entre una cosa y otra hay una diferencia:

uno necesita reflectores; el otro necesita resultados.

Y en Río Bravo, por lo visto, todavía hay quien confunde el escenario con el gobierno.

Y en la UAT, los universitarios también van a fiscalizar

Y mientras en algunos municipios todavía hay quienes creen que la política se arregla con reflectores, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas están preparando algo bastante más serio: jóvenes que van a aprender cómo se vigila el dinero público.

El rector Dámaso Anaya Alvarado firmó un convenio con la Auditoría Superior de la Federación para que estudiantes de la UAT puedan participar como Auditores Universitarios de la ASF, liberar su servicio social y conocer directamente los procesos de fiscalización.

Y aquí está lo interesante.

No se trata solamente de conseguir horas para cumplir con el servicio social.

Los universitarios recibirán capacitación en materia anticorrupción, participarán en la revisión del uso de recursos y podrán presentar sus hallazgos ante la Cámara de Diputados.

Es decir, la universidad está llevando la formación profesional a un terreno donde la teoría se encuentra con una palabra que en política debería ser sagrada:

La UAT y la Rendición de cuentas.

El convenio coloca a la UAT junto a otras universidades públicas del país en una estrategia que busca formar profesionistas con una visión más amplia de la responsabilidad pública.

Porque un auditor no solamente revisa números.

Revisa decisiones.

Revisa procedimientos.

Revisa que el dinero que pertenece a todos termine donde tiene que terminar.

Y quizá ahí está una de las apuestas más importantes de este acuerdo impulsado por Dámaso Anaya: formar estudiantes que no solamente sepan ejercer una profesión, sino que también entiendan que lo público se cuida.

En tiempos donde la transparencia dejó de ser un discurso bonito para convertirse en una exigencia ciudadana, que los universitarios conozcan desde las aulas cómo funciona la fiscalización puede terminar siendo una de las mejores clases prácticas.

Porque, al final, la universidad también educa para eso:

para que cuando lleguen a donde se toman decisiones, sepan que el dinero público tiene dueño.

Y el dueño es la gente.

Ahí sí hay una agenda que vale la pena anunciar.

Una agenda donde no se trata de quién llega primero al reflector, sino de quién llega mejor preparado para cuidar lo que es de todos.

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