EL SINODAL DE TAMAULIPAS
San Salvador- El Salvador.- Se levantan a las 4 de la mañana, se bañan con agua fría, comen dos tortillas con frijol y crema, y no ven el sol. No tienen celular, ni visitas, ni fiesta, ni un solo privilegio. Pero tienen algo que sus miles de víctimas inocentes ya no: están vivos.
Así es un día en el CECOT, la cárcel donde El Salvador metió a los pandilleros que lo tuvieron secuestrado por más de 30 años.
A las 4 de la mañana, todos de pie, en un solo bloque, para el conteo. Nadie habla, nadie se mueve.
Después, 45 minutos para que se bañen los privados de libertad por celda, con agua fría. El desayuno es lo justo: nada sobra, nada falta. No hay patio, no hay sol, no hay señal de celular ni forma de meter uno. Cada paso lo decide un custodio: “no va a donde usted quiere ir, va a donde yo quiero que vaya”. No hay golpes, ninguno, pero hay comida, hay médico, hay medicinas. Y no hay privilegios. Eso es todo.
¿Y por qué? Porque antes era al revés.
En el pasado, en las cárceles de El Salvador, los pandilleros hacían fiestas con prostitutas, orquestas, licores, drogas y subían los videos a YouTube porque les dejaban tener celulares con señal. Desde adentro ordenaban asesinatos, cobraban la renta a empresas, a las tienditas, a los buses, a las señoras del mercado, y al que no pagaba lo mataban, o le mataban a un hijo.
Una abuelita sin manos porque no pagó. Una muchacha sin brazos porque le tiraron una bomba a su mamá. Familias enteras que se fueron del país huyendo, muchas hasta Tijuana, donde todavía viven y todavía no duermen bien.
En 2015, El Salvador fue el país más violento del mundo, con más de 100 asesinatos por cada 100 mil habitantes. Hoy tiene 1 aproximadamente. Hoy los niños cruzan de una colonia a otra, sin peligro, la gente sale de noche, y las tienditas ya no pagan renta.
Y lo honesto también se dice: el gobierno señala que el 70% de los presos va a salir en menos de 10 años, con trabajo y programas de reforma, y que el CECOT está reservado solo para pandilleros de estructuras criminales sanguinarios del país.
Pero el debate que sí es real es el de fondo: ¿de quiénes son primero los derechos humanos? ¿Del que cortó tres cabezas, o de la señora que lleva 20 años sin sus manos y sigue vendiendo en el mercado?
Nosotros lo tenemos claro. El que mató, violó y extorsionó por décadas tiene derecho a comer, a un médico y a no ser golpeado. Y ya lo tiene en el CECOT. Lo que no tiene derecho es a que le vaya mejor que a su víctima. Y por primera vez en la historia de ese país, no le va mejor.
