Por Lic. Jesús Elías Ríos Reyna
Tres grandes proyectos del Estado mexicano: el Tren Maya, Mexicana de Aviación y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA). Cada uno con su propia historia, pero con un denominador común: el tiempo es el mejor juez de cualquier inversión.
El Tren Maya, que originalmente debía equilibrar sus finanzas para 2030, ahora nos dice que lo logrará hasta 2032 —dos años más de recursos públicos fluyendo sin retorno. Mexicana de Aviación, relanzada en diciembre de 2023, espera ver números en negro hasta 2030: siete años completos de operación antes de alcanzar su punto de equilibrio. Mientras tanto, las proyecciones oficiales para 2027 ya contemplan pérdidas por cientos de millones de pesos entre ambos proyectos. En cuanto al AIFA, aunque se reporta en equilibrio financiero, su fortaleza radica principalmente en el movimiento de carga aérea, no en el volumen de pasajeros que se esperaba, dejando claro que su desempeño es muy distinto al que se proyectó inicialmente.
En el mundo de los negocios privados, si una empresa no alcanza su punto de equilibrio en el plazo prometido, los accionistas preguntan, revisan, ajustan. En el sector público, a veces simplemente se recorre la fecha y se continúa financiando. ¿Es esto sostenible? ¿Es responsabilidad fiscal?
No se trata de negar el valor estratégico de la infraestructura, pero sí de preguntar con claridad: ¿a qué costo? ¿Con qué rentabilidad social? ¿Y quién responde cuando las fechas se mueven y las pérdidas se acumulan?
Un buen negocio no es aquel que promete equilibrarse en una década, sino aquel que demuestra desde temprano que puede sostenerse por sí mismo. Eso, al final, es lo que distingue una buena intención de una buena inversión.
