Por: Lic. Jesús Elías Ríos Reyna

Sin embargo, hay una perspectiva que rara vez se coloca al frente y que podría cambiar por completo el panorama de estos tres proyectos: verlos como infraestructura de carga, no de pasajeros.
El Tren Maya, concebido principalmente para turistas, tiene ante todo una vía férrea que cruza regiones productivas del sureste. Si su propósito fuera mover mercancías —productos del campo, insumos locales, comercio entre municipios—, la demanda existiría todos los días del año, sin depender de temporadas vacacionales. Los costos de transporte bajarían, los productos llegarían más lejos y ese beneficio llegaría a cada hogar aunque nadie subiera al tren. Su utilidad no se mediría en boletos vendidos, sino en el abaratamiento de la canasta básica en zonas que hoy pagan de más por todo.
En cuanto al Aeropuerto Felipe Ángeles, su mayor fortaleza ya no es el traslado de personas, sino precisamente el movimiento de carga. Está ubicado cerca de carreteras importantes y zonas industriales, justo donde debería estar un centro logístico. Si se consolidara como nodo principal de mercancías del centro del país, generaría empleos, atraería inversiones y abarataría lo que compramos, sin que nadie tenga que pagar un boleto de avión para beneficiarse. La mercancía no pregunta si está lejos de su casa: se transporta, se almacena y se distribuye. Ahí está su verdadero valor.
Y en el caso de Mexicana de Aviación, compitiendo por pasajeros donde ya hay opciones sólidas, pierde fuerza. Pero aprovechar su red de rutas para conectar carga entre ciudades del país —especialmente aquellas donde el transporte terrestre es lento o costoso— podría darle un propósito claro y rentable. No todo lo que necesitamos mover es gente; gran parte de la economía necesita mover cosas: medicamentos, productos frescos, suministros que ganan valor cuando llegan a tiempo.
No se trata de decir que estas obras están mal hechas. Se trata de preguntarnos: ¿están haciendo lo que realmente necesitamos que hagan? Cuando insistimos en que transporten pasajeros y los números no cierran, terminamos financiando algo que pocos aprovechan. En cambio, al enfocarlos netamente en la carga, la justificación cambia: no perdemos dinero en boletos subsidiados, sino que facilitamos la economía real, donde cada tonelada transportada significa ahorro, empleo y desarrollo.
El tiempo nos enseña que la infraestructura más exitosa no es aquella que se construye con mayor entusiasmo, sino aquella que se adapta a la necesidad real. Y hoy, esa necesidad real en los tres casos parece ser una sola: mover lo que producimos y consumimos, más que a quienes tienen la capacidad de viajar. Quizás ahí, en el transporte de mercancías, esté la rentabilidad social y financiera que aún estamos buscando.
Sin embargo, hay una perspectiva que rara vez se coloca al frente y que podría cambiar por completo el panorama de estos tres proyectos: verlos como infraestructura de carga, no de pasajeros.
El Tren Maya, concebido principalmente para turistas, tiene ante todo una vía férrea que cruza regiones productivas del sureste. Si su propósito fuera mover mercancías —productos del campo, insumos locales, comercio entre municipios—, la demanda existiría todos los días del año, sin depender de temporadas vacacionales. Los costos de transporte bajarían, los productos llegarían más lejos y ese beneficio llegaría a cada hogar aunque nadie subiera al tren. Su utilidad no se mediría en boletos vendidos, sino en el abaratamiento de la canasta básica en zonas que hoy pagan de más por todo.
En cuanto al Aeropuerto Felipe Ángeles, su mayor fortaleza ya no es el traslado de personas, sino precisamente el movimiento de carga. Está ubicado cerca de carreteras importantes y zonas industriales, justo donde debería estar un centro logístico. Si se consolidara como nodo principal de mercancías del centro del país, generaría empleos, atraería inversiones y abarataría lo que compramos, sin que nadie tenga que pagar un boleto de avión para beneficiarse. La mercancía no pregunta si está lejos de su casa: se transporta, se almacena y se distribuye. Ahí está su verdadero valor.
Y en el caso de Mexicana de Aviación, compitiendo por pasajeros donde ya hay opciones sólidas, pierde fuerza. Pero aprovechar su red de rutas para conectar carga entre ciudades del país —especialmente aquellas donde el transporte terrestre es lento o costoso— podría darle un propósito claro y rentable. No todo lo que necesitamos mover es gente; gran parte de la economía necesita mover cosas: medicamentos, productos frescos, suministros que ganan valor cuando llegan a tiempo.
No se trata de decir que estas obras están mal hechas. Se trata de preguntarnos: ¿están haciendo lo que realmente necesitamos que hagan? Cuando insistimos en que transporten pasajeros y los números no cierran, terminamos financiando algo que pocos aprovechan. En cambio, al enfocarlos netamente en la carga, la justificación cambia: no perdemos dinero en boletos subsidiados, sino que facilitamos la economía real, donde cada tonelada transportada significa ahorro, empleo y desarrollo.
El tiempo nos enseña que la infraestructura más exitosa no es aquella que se construye con mayor entusiasmo, sino aquella que se adapta a la necesidad real. Y hoy, esa necesidad real en los tres casos parece ser una sola: mover lo que producimos y consumimos, más que a quienes tienen la capacidad de viajar. Quizás ahí, en el transporte de mercancías, esté la rentabilidad social y financiera que aún estamos buscando.
