DIGNIDAD DEL SER HUMANO; EL PRINCIPIO DE TODA ECONOMÍA JUSTA

Opinión

Por: Lic. Jesús Elías Ríos Reyna

A menudo, cuando hablamos de economía, contamos dinero. Sumamos ingresos, restamos gastos, calculamos déficits y proyectamos ganancias. Pero corremos un riesgo grave: perder de vista para quién existe todo esto.

La economía no nació para generar cifras. Nació para servir a las personas. Cuando olvidamos esto, terminamos midiendo el crecimiento de un país por lo que produce, y no por cómo viven sus habitantes. Y ahí es cuando el sistema se vuelve frío, porque trata a las personas como recursos o instrumentos, y no como lo que son: el fin y el propósito de toda sociedad.

Los números no lo dicen todo, pero ayudan

Podemos mostrar que hay crecimiento económico en Tamaulipas. Que hay inversión, que hay comercio, que hay movimiento de capital. Pero si al mismo tiempo hay familias que no alcanzan a cubrir su canasta básica, hay personas que trabajan jornadas completas sin acceso a seguridad social, hay quienes no pueden costear una consulta médica, entonces algo no está sumando bien.

Como Contador Público, lo primero que aprendí es que una cuenta está bien hecha cuando todo cuadra. Y ninguna contabilidad puede estar bien hecha si deja fuera a las personas más vulnerables. Los números son herramientas útiles, pero son solo eso: instrumentos. La persona humana, su dignidad, su vida, su bienestar: eso es lo que no puede quedar fuera del balance.

Un principio que no cambia

La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda algo fundamental: la persona humana tiene un valor que no se puede medir en dinero. No es un costo, no es un recurso, no es mano de obra. Es el sujeto de la economía, no su objeto. Todo proyecto, todo presupuesto, toda política pública debe responder a una sola pregunta: ¿está contribuyendo a que cada persona viva con dignidad?

Si la respuesta es no, entonces no es economía eficiente. Es economía incompleta.

Una propuesta viable

No se trata de rechazar el crecimiento, sino de orientarlo. Y eso empieza por decisiones sencillas, pero firmes:

– Al analizar cualquier política pública, preguntémonos primero: ¿quién es el más beneficiado y quién podría quedar desprotegido?
– Exijamos que las cifras oficiales se acompañen de la realidad humana que representan: empleos, salarios reales, acceso a la salud y a la educación.
– Como sociedad, valoremos y exijamos que ningún crecimiento económico se construya sobre el sacrificio de personas concretas.

Conclusión

La economía existe para servir, no para ser servida. Cuando colocamos a la persona humana en el centro, no perdemos eficiencia: le damos su verdadero sentido. Una economía justa no es aquella que más produce, sino aquella que mejor distribuye con dignidad lo que produce.

Lo viable no es lo que rinde más dinero hoy, sino lo que respeta la dignidad de toda persona, siempre.

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