Por: Lic. Jesús Elías Ríos Reyna
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo viaja a Shenzhen, China, para participar en la Cumbre de APEC. Oficialmente, el propósito es recibir la estafeta para que México sea sede en 2028 y fortalecer nuestros lazos comerciales con Asia-Pacífico. Pero el contexto en que ocurre este viaje no puede ignorarse.
El telón de fondo: tensión en la relación con Estados Unidos
El T-MEC entró en su nueva etapa de revisiones anuales, y Washington ha planteado abiertamente su frustración por lo que considera insuficiente acción de México contra las estructuras criminales. En ese contexto, la administración de Donald Trump ha insistido en la posibilidad de que fuerzas estadounidenses operen directamente en territorio mexicano, petición que el gobierno mexicano ha rechazado de forma tajante invocando la soberanía nacional.
Los números: ¿ganar o perder?
Los datos del INEGI son contundentes:
– Con Estados Unidos, México registra un superávit comercial sólido: vendemos más de lo que compramos, y nuestras exportaciones representan más del 80% de lo que el país produce para el exterior
– Con China, el panorama es distinto: por cada dólar que le vendemos, le compramos cerca de 9.33 dólares, generando un déficit que en lo que va de 2026 supera los 82,700 millones de dólares
En términos fríos: inclinarnos hacia China no significa automáticamente ganar. Podríamos estar cambiando una relación donde tenemos ventaja comercial por otra donde compramos mucho más de lo que vendemos.
¿Un contrapeso geopolítico?
Es legítimo preguntarse si el acercamiento a China responde también a una necesidad de México por tener un respaldo diplomático. Sin embargo, es importante señalar:
– No existe alianza militar ni pacto de defensa entre México y China
– La cooperación ha sido principalmente comercial y simbólica, no estratégico-militar
– México continúa adquiriendo la gran mayoría de su equipo de defensa de proveedores occidentales
Conclusión
La mejor política exterior de México sigue siendo su fortaleza económica interna. Sin empleos, sin producción y sin exportaciones que valgan, ningún socio nos salvará. Pero es necesario ir un paso más allá: nuestro mayor obstáculo no está en qué socio elegir, sino en la inseguridad que hoy limita nuestro propio mercado interno. Mientras las calles no sean seguras, mientras la inversión local tema instalarse y mientras las familias no puedan vivir sin miedo, ninguna cumbre internacional ni tratado comercial nos devolverá la prosperidad que solo nosotros podemos construir.
