“Qué día tan especial”, publicó la presidenta del DIF mientras celebraba un torneo de golf. Esa misma noche, la «especialidad» del día para decenas de familias en Tampico fue muy distinta: dormir en el frío piso de la Central Camionera.
Debido a la inseguridad que azota las carreteras, las líneas de transporte suspendieron corridas, dejando a pasajeros varados a su suerte. No fue una decisión del municipio, es cierto, pero sí fue un problema que ocurrió en nuestra casa, bajo la mirada de nuestras autoridades.
Mientras el discurso oficial pregona un «gobierno del pueblo», la realidad mostró otra cara:
Indiferencia inicial: Pasajeros desamparados sin una autoridad que se acercara a ofrecer una palabra, un refugio o un apoyo.
Reacción de último minuto: El envío de unas cuantas cobijas, cuando el daño y el abandono ya eran evidentes, se siente más como un intento de salvar la imagen que como un acto de verdadera empatía.
No se trata de atacar un evento deportivo, se trata de las prioridades. Presumir sensibilidad en redes sociales mientras se ignora el desamparo en las terminales es la mayor de las incongruencias.
En Tampico, el humanismo se quedó en el discurso y perdió en los hechos. No se puede gobernar de frente al pueblo cuando se tiene la mirada en el campo de golf y la espalda hacia sus necesidades.
