Mientras Carlos Peña pide lealtad a Morena, la historia de su grupo político refleja una conveniencia sin ataduras: del PAN al partido guinda y hoy con guiños al Partido Verde para no soltar el poder.
Martín Díaz / Periodismo con Firma
Este fin de semana, Carlos Peña Ortiz reunió a consejeros estatales de Morena en Reynosa para reiterar su respaldo al movimiento y al proyecto que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum. El mensaje fue el esperado: organización, unidad y trabajo para fortalecer al partido.
Nadie podría objetar ese llamado si no fuera porque la historia reciente del grupo político que gobierna Reynosa cuenta una trayectoria muy distinta a la del discurso.
El proyecto que hoy encabezan Carlos Peña Ortiz y Maki Ortiz no nació en Morena. Su origen está en el Partido Acción Nacional. Fue bajo esas siglas que Maki Ortiz ganó la Presidencia Municipal de Reynosa y construyó la estructura política que, con el paso de los años, permitió que su hijo heredara el liderazgo del grupo y llegara a la alcaldía.
Después cambió el escenario político nacional y también cambiaron las siglas. Morena dejó de ser el adversario para convertirse en el vehículo que permitió la continuidad del mismo proyecto político. No hay nada ilegal en ello. Cambiar de partido forma parte de las reglas democráticas y es una decisión que corresponde a cada actor político.
Lo que vuelve interesante el momento actual es que la historia parece estar escribiendo un nuevo capítulo.
Mientras Carlos Peña convoca públicamente a cerrar filas en Morena, el Partido Verde ha comenzado a construir una relación cada vez más cercana con el mismo grupo político. La dirigencia nacional del PVEM ha mencionado públicamente a Maki Ortiz como una de sus cartas rumbo a la gubernatura de Tamaulipas. El dirigente estatal ha expresado su respaldo al proyecto. Todo ello ha ocurrido en actos públicos, con declaraciones, fotografías y la presencia del propio alcalde.
No se trata de un simple gesto de cortesía política. Se trata de señales que, vistas en conjunto, muestran que el grupo gobernante mantiene abiertas varias rutas para competir por el poder.
Y ahí aparece la contradicción.
Porque cuando se exige unidad a la militancia de Morena, también debería existir una definición clara por parte de quienes encabezan ese proyecto. Resulta difícil pedir lealtad absoluta a un partido mientras, al mismo tiempo, se construyen puentes con otro que públicamente ofrece convertirse en la plataforma para la siguiente elección.
Los partidos representan ideas, principios y proyectos de nación. Sin embargo, la trayectoria del grupo político que gobierna Reynosa parece transmitir un mensaje diferente: las siglas cambian cuando cambian las circunstancias, pero el proyecto permanece intacto.
Tal vez por eso el debate ya no gira en torno a Morena, al PAN o al Partido Verde. La verdadera discusión consiste en entender si los partidos siguen siendo una convicción política o simplemente el vehículo más conveniente para que un mismo grupo conserve el poder.
Porque al revisar la historia reciente de Reynosa aparece una constante difícil de ignorar: primero fue el PAN, después Morena y ahora el Partido Verde comienza a ocupar un lugar cada vez más visible en la estrategia política del mismo grupo.
No importa si la camiseta es azul, guinda o verde. Lo único que parece no cambiar es la determinación de una misma familia de mantenerse en el poder.
Ahí están los hechos. Que cada quien saque sus conclusiones.
