VERDAD, LIBERTAD Y PROTECCIÓN

Opinión

PROPUESTAS VIABLES
Por: Lic. Jesús Elías Ríos Reyna

 

Cuando las voces se alzan
La palabra que no debe callar

Cuando un servidor de la Palabra toma el Evangelio y lo conecta con la realidad que viven las personas que lo escuchan, no está haciendo política. Está cumpliendo con su misión: iluminar la vida con la luz de Dios.

Eso es exactamente lo que hizo monseñor Juan Espinoza Jiménez, obispo de Aguascalientes, en su homilía del 27 de septiembre de 2026. Tomó la parábola de los dos hijos —uno que dijo «no» y obró, otro que dijo «sí» y no hizo nada— y reflexionó sobre esa desconexión entre lo que se dice y lo que se hace. Mencionó situaciones verificables: que hay quienes se dicen defensores de la libertad pero se incomodan cuando alguien piensa distinto; que se habla de soberanía mientras la violencia sigue presente; que se acompaña con palabras a las madres buscadoras pero no siempre con hechos.

¿Es eso adoctrinamiento contra el Estado? No. Es ilustración del Evangelio con realidad. Y esa realidad, mencionada con respeto pero con claridad, es parte de su libertad de opinión y de su deber pastoral.

Opinión no es delito; violencia tampoco

José Lápiz, creador de contenido, reaccionó con palabras que rebasan cualquier límite democrático: ofreció 40 mil pesos a quien agrediera al obispo. Posteriormente sugirió que el video podría haber sido manipulado con inteligencia artificial, pero la gravedad de lo expresado —sea real o no— pone sobre la mesa un problema serio: en México se está normalizando la idea de silenciar con amenazas a quien piensa diferente. La Fiscalía de Aguascalientes ha abierto la investigación correspondiente; el Estado de Derecho debe seguir su curso.

Ante esto, monseñor Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, salió al paso con firmeza y serenidad: «¿Que se callen? No podemos quedarnos callados ante el sufrimiento de nuestro pueblo.» No se trató de defender una postura política, sino de proteger el derecho —y el deber— de anunciar la verdad del Evangelio sin miedo. Su respaldo al obispo Espinoza fue claro y contundente: la Iglesia no tiene enemigos en quienes piensan diferente, pero tampoco puede ceder al temor.

Cuando el Senado recuerda lo obvio

Fue entonces cuando la senadora Lilly Téllez subió a tribuna en la Cámara Alta para poner las cosas en su lugar. No tomó partido por las homilías ni por las posturas del obispo; defendió algo más fundamental: que nadie debe ser amenazado por expresar su pensamiento. Solicitó de manera directa: que la Fiscalía General de la República intervenga, que la Secretaría de Gobernación se pronuncie y que el Senado rechace unánimemente que ofrecer recompensas para agredir a alguien pueda confundirse con libertad de expresión.

Su intervención fue recordarnos que en democracia la discrepancia es legítima, pero la violencia para silenciar a otros no tiene cabida. Ejerció su papel de representante popular con precisión: no se trata de estar de acuerdo con todos, sino de garantizar que todos puedan hablar sin miedo.

Conclusión

Decir que hay cosas que mejorar en el país no es ser enemigo de la patria; es amarla lo suficiente como para querer que sea mejor.
Ilustrar el Evangelio con la realidad no es adoctrinamiento; es evangelización.
Disentir con respeto es libertad; ofrecer dinero para agredir es delito.
Proteger a quien piensa diferente no es tomar partido; es garantizar que todos tengamos voz.

Que cada quien hable con la verdad que lleva en el corazón. Que cada quien responda con argumentos y no con amenazas. Y que las instituciones recuerden que su primera obligación es proteger a todas las personas, sin excepción, para que nadie tema decir lo que cree. Ese es el mínimo que merece México.

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